Tenía 23 años cuando empecé Gandarva.
No partí haciendo zapatos. Hacía carteras, trabajaba con las manos y estaba tratando de construir una vida alrededor de algo que todavía no sabía hasta dónde podía llegar.
Después aparecieron los zapatos.
Y ahí cambió todo.
Llegaron las hormas, los maestros, las pruebas, los errores, mi familia metida hasta el cuello y una obsesión que nunca más se fue: hacer zapatos que no parecieran los mismos zapatos de siempre.
Gandarva creció así: entre taller, familia, intuición, oficio y muchas ganas de hacer algo propio.
Y después pasó algo mucho más grande de lo que imaginé a los 23:
alrededor de esos zapatos empezaron a aparecer personas, historias, conversaciones, clientas que volvieron, que trajeron a sus hijas, a sus amigas, a sus mamás.
Y un día nos dimos cuenta de que ya no éramos solamente una zapatería.
Éramos una tremenda comunidad.